Panamá, El Golpe de Estado de 1968

Historia

Fue un viernes —igual que hoy —11 de octubre de 1968, mientras el Presidente Arnulfo Arias Madrid se encontraba en una sala de cine en Santa Ana, cuando un grupo de militares de la Guardia Nacional de Panamá se tomaron el Palacio de las Garzas. Era un golpe de Estado.

Por todos es sabido que los acontecimientos de enero de 1964 sellaron la puerta hacia cualquier posibilidad de acuerdos intermedios; así que aquel intento por llevar a la práctica los denominados “Tratados Tres en Uno”, fracasan apenas hecha la propuesta. Hay un periodo de agitación política que acompaña las elecciones de mayo de 1964 y de mayo de 1968, que implica desórdenes callejeros, zozobra y amenazas al orden constitucional.
Aquel año de 1968, en unas elecciones marcadas por el clima antes descrito, es proclamado ganador el candidato de la facción opositora panameñista, el Dr. Arnulfo Arias Madrid, sumamente conocido por la población por su hoja de vida política y por su paso, en más de una ocasión, por el Palacio de las Garzas, en todas ellas derrocado. Su visión, sin duda, le aseguraba que en esta ocasión sería la vencida; pero no resultó así, y la noche el 11 de octubre de 1968, luego de estar en el poder solo diez días justos, el Dr. Arias es derrocado por un Golpe de Estado militar, comandado por varios oficiales de los mandos medios de la institución armada.
En un ensayo publicado el 11 de julio de 2006, titulado “Breve análisis de las causas del golpe militar en Panamá (1968)”, el Comité de Familiares de Desaparecidos de Panamá Héctor Gallegos (COFADEPA-HG) y la Coordinadora Popular de Derechos Humanos de Panamá (COPODEHU), describen los antecedentes externos e internos del golpe de Estado; en cuanto a estos últimos señalan:
“…el golpe militar no fue un hecho fortuito. Responde a causas económicas y políticas de carácter interno, a intereses norteamericanos en el istmo y al desarrollo y agudización de la lucha de clases en Panamá.

  1. La causa más inmediata y que se ve con más claridad, es la crisis de hegemonía que se da entre sectores dominantes respecto al modelo económico y que se reflejó en las elecciones generales de mayo de 1968.
    Las contradicciones entre el Partido Panameñista encabezado por Arnulfo Arias, un político enigmático e imprevisible, que representaba los sectores agropecuarios más tradicionales, por un lado, y el Partido Liberal dirigido por David Samudio, más apegado a las orientaciones de los organismos financieros internacionales, representando los intereses de sectores comerciales y financieros, condujeron al enfrentamiento de poderes del Estado dando lugar al nombramiento de un segundo presidente por parte del parlamento, situación que no fue dirimida por la Corte Suprema de Justicia, sino por el entonces jefe de la Guardia Nacional, Bolívar Vallarino. Las elecciones fueron escabrosas –hubo muertos y heridos-, pero finalmente se reconoció el triunfo de Arnulfo Arias, quien fuera derrocado por la Guardia Nacional 11 días después de asumir el poder.
  2. El nuevo papel asignado por los EE.UU. a Panamá en el marco de la economía internacional exigía un gobierno fuerte y disciplinado, capaz de implementar la “plataforma de servicios transnacionales” en la cual debía convertirse el país. Efectivamente, la Junta Provisional de Gobierno anuncia su programa coincidente con la plataforma de servicios: ampliación de la Zona Libre de Colon, modernizar las comunicaciones, construcción de un nuevo aeropuerto, crear un centro bancario internacional, centro de seguros y reaseguros, etc. Luego vendrían las conexiones con Nelson Rockefeller y sus emisarios que fueron afinando el programa y plantean reabrir la negociación de los tratados canaleros pensando en un Canal a nivel, luego de que el pueblo panameño había rechazado los tratados Robles-Johnson, por no satisfacer las demandas levantadas en las calles durante la Jornada Heroica del 9 de enero de 1964.
    Por su parte Nicolás Ardito Barletta, alumno de Dean Rusk y reconocido Chicago boy, se convierte en el arquitecto de la política económica del régimen militar.
  3. Encontramos una tercera causa del golpe militar en el notorio avance del movimiento popular, patriótico y revolucionario en Panamá. Podemos afirmar sin temor a equivocarnos que ningún periodo de la historia panameña condensa tanta organización, movilizaciones y luchas como la que se da durante la década que precede al golpe de Estado del 11 de octubre de 1968”.

Sin dudas, un golpe de Estado no se produce sin motivaciones o sin un marco en el que pueda sostenerse; es obvio que, aparte de las condiciones externas, el clima político y social de Panamá generó esa reacción radical. Los estudiosos de la historia patria reconocen que la injerencia militar no era ajena a la vida de la nación; por un lado, en los cuarteles se avalaban o se impulsaban las decisiones que se tomaban en los diversos Órganos del Estado y, además, un coronel de la Guardia Nacional, José Antonio Remón Cantera, luego de ostentar influencia nacional desde su puesto en la milicia, también ocupó el sillón como primer mandatario del país en varias ocasiones (del 1 de octubre de 1952 hasta el 26 de septiembre de 1953; del 8 de octubre de 1953 al 3 de septiembre de 1954 y desde el 9 de septiembre de 1954 al 2 de enero de 1955, fecha en la que fue asesinado. Sin embargo, lo del 11 de octubre era inédito para el país.
De igual modo, los golpes de Estado no eran una novedad para el país; el que se considera como el primero de la historia panameña ocurrió el 2 de enero de 1931, por parte del movimiento denominado “Acción Comunal”, cuya influencia había sido decisiva para impedir la aprobación del tratado de 1926, ese golpe costó una decena de muertos y entre sus líderes estaba el Dr. Arnulfo Arias Madrid, justamente.
Entendemos entonces que ni la influencia de los militares, ni los golpes de Estado pueden estimarse como novedad en el Istmo. Es más, la región latinoamericana se encontraba por esos días en un auténtico marco de gobiernos militares dictatoriales, casi todos con el visto bueno de los Estados Unidos, que veía en ellos una forma económica y eficaz de mantener el control del avance de los movimientos de izquierda procedentes de Cuba, considerado un punto estratégico de la URSS y su doctrina comunista, justo en el apogeo de la denominada “Guerra Fría”, y cuando Estados Unidos se hallaba ocupado en la guerra de Vietnam y en movimientos contrarios a esa intervención y con ánimo de reivindicación social en su propio territorio.
El escritor uruguayo Eduardo Galeano, sobre ese clima político de la región, ha dicho:
“¿Qué son los golpes de Estado en América Latina, sino sucesivos episodios de una guerra de rapiña? De inmediato las flamantes dictaduras invitan a las empresas extranjeras a explotar la mano de obra local, barata y abundante, el crédito ilimitado, las exoneraciones de impuestos y los recursos naturales al alcance de la mano”.

Son numerosas las versiones y los puntos de vista sobre aquel golpe de Estado, y creo que se requerirían varios textos como este para considerar el fondo de apenas una parte de estas versiones, en las que encuentro partes de validez como partes de subjetividad e interés personal. Voy a relevarme de ese análisis porque no entra en el foco de interés del ensayo que pretendo exponer. Diré, eso sí, que la intervención en contra del presidente constitucional, Dr. Arnulfo Arias Madrid, encontró apoyo en una parte importante de la población porque, desde el principio, se supo apelar a los intereses populares, los que, como hemos visto, estaban ya enfilados hacia una causa común que venía forjándose desde principios del siglo. Es una palabra, los golpistas supieron expresar un discurso que los apartaba del común de los golpes tal como los describe Galeano en las líneas antes citadas. Eso se deduce del siguiente extracto:
“El 21 de febrero, en una cadena de radio y televisión, los militares anunciaron un vasto programa de expropiación e incorporación de 700,000 hectáreas de tierras para distribuirlas entre 61,000 familias campesinas pobres, la extinción de todos los partidos políticos existentes, el despido de funcionarios públicos que por omisión o comisión se desviaran de las «bases originarias de la Revolución», la revisión de los programas educativos, la creación de un mecanismo pedagógico para descubrir aptitudes estudiantiles, prioridad para escuelas vocacionales, estímulos a las artes y letras, justa remuneración de educadores y la integración del campesinado a la vida nacional, así como una emisión de bonos de dos millones de balboas, para pagar indemnizaciones por razón de las expropiaciones”.

No puede sostenerse una visión romántica sobre un hecho que involucró violencia y despojo de las garantías constitucionales, no abogamos por ellos y creemos que es necesario que se hable, hasta donde sea posible, con la verdad comprobada de los hechos. Los testimonios escritos abundan: hubo reacción por parte de los seguidores del derrocado Presidente; se produjo represión, arrestos y cierres de medios y de centros escolares, entre ellos la Universidad de Panamá; se registraron alzamientos en Coclé y Chiriquí, en particular, con un importante saldo de muertos de ambos lados; sin embargo, como señalé ya, no fue el típico levantamiento militar latinoamericano.
Me corresponde puntualizar, también, que esa acción militar estuvo organizada, en un principio, por un grupo de oficiales de la Guardia Nacional, y que es de conocimiento público que esa fusión se hizo incómoda por la diferencia entre las agendas de cada uno de ellos, lo que terminó por provocar su colapso.
El siguiente fragmento nos da una idea sobre esos primeros momentos:
“Pese a que en un principio los militares golpistas dieron la impresión de conformar un sólido bloque, muy pronto surgieron graves fisuras en el mismo. Si bien existía una Junta de Gobierno Provisional, era obvio que quien gobernaba era el Estado Mayor, cuyo jefe era el mayor Boris Martínez, así como el teniente coronel Omar Torrijos, quien a partir del 5 de diciembre de 1968, pasó a ser Comandante de la Guardia Nacional”.
Como es de esperarse en un colectivo, sobre todo uno que tenía por delante el complejo panorama político y social del país, a la vez que trataba de mantenerse en el poder, los desacuerdos entre los líderes del movimiento fueron creando divisiones insuperables que llevaron a que, en febrero de 1969, Omar Torrijos Herrera quedara al frente del denominado Gobierno Revolucionario. La causa del Canal, de la negociación de un tratado que erradicara el oprobioso concepto de la perpetuidad, comenzaba a aparecer en los programas del Gobierno ahora en el poder, y que afinaba sus estrategias para continuar adelante. Pero los obstáculos permanecían en el camino, muy cerca de los líderes, en especial de Torrijos, cuyo carisma y ascendiente personal obviamente incomodaban a sus compañeros de equipo.
Algo de eso se deja ver en el comunicado que se da a conocer en diciembre de 1969, cuando sus más cercanos allegados intentan darle a él, a su vez, un golpe de cuartel, para sacarlo del esquema de mando que se estaba diseñando para conducir el Gobierno. Durante un viaje de Torrijos a México, sus colegas en la jefatura militar anuncian que lo han destituido:
“Encabezaron el movimiento cuartelario los coroneles Amado Sanjur, Ramiro Silvera y Nentzen Franco, con la anuencia de los miembros de la Junta Provisional de Gobierno, Coroneles Pinilla y Urrutia . Se desconocen los detalles del frustrado movimiento castrense, si bien se esgrimió su tendencia anticomunista . Asimismo, en un comunicado firmado por Pinilla y Urrutia, indicaron que consideraban ’imprescindible declarar que no tienen cabida en esta gesta (del 11 de octubre) los personalismos ni la exaltación de la personalidad de funcionarios que, circunstancialmente en esta hora crucial del país, canalizan las aspiraciones justas del pueblo panameño’. Por su parte, Sanjur declaró que a Torrijos no se le permitiría retornar a Panamá. [..] Pero la verdad es que este conato de cuartel estuvo mal organizado y permitió que Torrijos regresara al país, con el apoyo de los militares que le eran fieles, como el jefe de la Zona Militar de Chiriquí, Manuel Antonio Noriega, y reasumió con firmeza el mando.»
Para algunos, esta cadena de eventos podría ser un hecho fortuito, una consecuencia de las debilidades humanas, de la falta de visión de unos y la ambición de otros; sea como fuere, de esta manera el colectivo que lideró el golpe de Estado, naturalmente heterogéneo en su pensamiento y su formación, fue puesto a un lado y quedó solo ante la misión un solo hombre: Omar Torrijos Herrera, quien de ese modo estaba en libertad para diseñar y llevar adelante una política de Estado que concordara con su pensamiento.
También sobre este punto he encontrado un sinnúmero de versiones, algunas que favorecen a Torrijos y otras que empañan su nombre. Me he inclinado por la suposición lógica: ¿podría alguien, sin cualidades de líder, sin el carisma de un dirigente nato, superar todos esos escollos y hacerse con el poder sin que mediara para eso un baño de sangre? Permítanme dudar de esa posibilidad; negarla de plano. Un mandatario con vínculos internacionales podría haber hecho todo lo que está escrito que hizo Torrijos para regresar a Panamá, llegar al país, y hasta allí. Recibir el calor popular y viajar en caravana desde David a Panamá a retomar el cargo, y luego dirigirse triunfante a su tropa, lo veo muy difícil.
El siguiente texto nos revele parte de las ideas y emociones que embargaban al dirigente panameño en los momentos de decisión que vivió y vivieron quienes lo acompañaban, y que aquí recuerda:
“Cuando esa madrugada de hace dos años me llamaron por teléfono para decirme que no podía regresar a la Patria y se me ofrecieron beneficios económicos, yo pensé automáticamente: Cuán equivocados están todos los que creen que el beneficio económico puede comprar el sentimiento de un hombre idealista. El idealista no trabaja por beneficio económico, no trabaja por recompensas, no trabaja para sí mismo; trabaja por ver surgir a su Patria, trabaja por romper las injusticias, trabaja por la recompensa de ver que una niñez, que un campesinado y que un pueblo enrumben hacia un destino superior y que la Patria que recibimos nosotros, golpeada y maltratada, no sea la misma Patria que hereden estos niños que hoy se educan”.
Aquel intento de golpe no solo afianza el liderazgo de Torrijos y lo consagra como el conductor de lo que ya se conocía como Gobierno Revolucionario, forma parte de esas proezas heroicas que a cualquier persona lo realza ante su pueblo o lo hunde para siempre. Por ejemplo, cuatro décadas y media después, otro gobernante panameño, en el exilio por distintas razones, prometió hacer el mismo retorno glorioso a su Patria. No llegó a realizar su promesa, no lo intentó siquiera.
Concluimos entonces este apartado con una visión personal de Omar Torrijos Herrera surgiendo al panorama nacional como un líder, con un liderazgo ganado y comprobado y, además, con un camino despejado para concretar una visión que habría de ligarlo al sueño del pueblo panameño manifestado tantas veces desde 1903: lograr la verdadera independencia, alcanzar una mejor justicia social, crecer con la nación.

Créditos: Gloria Melania Rodríguez
Fragmento del libro de ensayo titulado “Omar Torrijos Herrera: visionario arquitecto del presente”, de Gloria Melania Rodríguez. Premio Único de ensayo, de la Fundación Omar Torrijos Herrera, 2016.
https://www.instagram.com/gloriamelania/
gloriarodriguezm81@gmail.com


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